Ksenia: ¿Cuántos años llevas viviendo en México?
Anna: Llegué el 24 de abril de 1991. Este año se cumplen 31 años.
Ksenia: Tu familia se mudó a México por el trabajo de tu padre. ¿Por qué decidieron que estudiaras en la escuela rusa de la Embajada de Rusia y no en una escuela mexicana?
Anna: Mis padres querían que conservara el idioma ruso. Yo llegué en una época muy diferente. Ahora ya tenemos una idea mucho más clara de cómo son las escuelas mexicanas, pero en aquel entonces había muchas menos escuelas buenas. Además, el nivel de la escuela rusa y el de la mexicana eran muy distintos. Los hijos de músicos que estudiaban en escuelas mexicanas se quedaban atrás en muchas materias. En la escuela rusa el nivel era estable, conocido, era el sistema soviético.
Hasta los 15 años, cuando ingresé a una escuela mexicana de actuación, viví prácticamente en mi pequeña Rusia. Tenía amigos rusohablantes, aunque no eran muchos; mis padres eran rusos, estudiaba en una escuela rusa y además asistía a la escuela de música Ollin Yoliztli.
Ksenia: ¿En la escuela de música tenías maestros mexicanos?
Anna: Justamente no. Mi maestro de violín era ruso, el de piano también, y solamente el maestro de solfeo era mexicano.
Ksenia: Terminaste la escuela de actuación de Televisa y elegiste el camino de la actuación. ¿Fue una decisión consciente o simplemente se dieron así las cosas?
Anna: Toqué el violín durante muchos años, y el violín es un instrumento muy difícil. Aprender a tocarlo requiere muchísimo esfuerzo. Pero, al mismo tiempo, me gustaba el escenario. Me gustaba salir, recibir aplausos y sentir el reconocimiento del público.
Conseguir ese reconocimiento como violinista implica muchísimo trabajo. Ser actriz también es difícil, pero de una manera completamente distinta. Además, como actriz puedes estar en el escenario mucho más y con mayor frecuencia que como violinista. Todo aquello me pareció muy divertido y decidí probar.
Nunca había pensado en convertirme en actriz. Pero resultó que se me dio. Cuando entré a la escuela de actuación, hablaba muy mal español y tenía un acento muy marcado. Cuando empecé a trabajar, entendí: esto era lo mío.
Al principio todo surgió por impulso, por energía. No me costaba el mismo esfuerzo que tocar el violín.
Ksenia: ¿Y cómo reaccionó tu papá ante tu decisión?
Anna: Con mucho escepticismo. En la escuela de actuación estudiábamos desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. No me quedaba tiempo para nada. Yo todavía hablaba mal español y, por ejemplo, tenía una materia de Psicología. Leíamos a Freud en español. Prácticamente dormía con el diccionario. No entendía nada.
Por supuesto, al principio fue muy difícil para mí. Mis padres prácticamente no me veían. Me llevaban a la escuela a las 7:30 de la mañana y me recogían a las 8:30 de la noche. Además estaban los ensayos y las tareas.
Veían que me esforzaba, pero se lo tomaban con cierto escepticismo y cautela. No me impedían hacerlo, pero tampoco me apoyaban.