JUGUETE DE DÝMKOVO:
UN CUENTO VIVO DE ARCILLA Y FUEGO
Si se escucha con atención, en la juguetería de Dýmkovo resuena la propia Rusia: alegre, festiva y sincera. Brillante como el sol de primavera, sonora como la risa de un niño, aún hoy conserva la memoria de un oficio en el que una simple arcilla se transforma en un verdadero milagro.
La cuna de este arte popular es la aldea de Dýmkovo, cerca de Viatka, en la región
de Kírov. Su nombre no es casual: proviene del humo que se elevaba de los numerosos hornos donde, desde hace siglos, los alfareros cocían sus vasijas.

En otros tiempos, Dýmkovo era un asentamiento artesanal, donde
cada familia dominaba su propio oficio. La gente modelaba, cocía, blanqueaba y pintaba las figurillas a mano. La arcilla, rojiza y tibia al tacto, se obtenía en la región. Tras la cocción, se cubría con una capa blanca preparada con leche, para lograr una superficie lisa y brillan-
te. Luego venían los pinceles, los colores, los dibujos y la imaginación.

Los orígenes de la tradición de Dýmkovo se remontan a una antigua fiesta popular llamada Svistopliaska —la celebración de la primavera, de la renovación y del adiós al invierno. Los preparativos comenzaban en invierno: se moldeaban silbatos en forma de aves, animales o personas, que se decoraban con colores vivos.
Cuando la nieve empezaba a derretirse, los habitantes subían a las murallas de la ciudad y silbaban con fuerza: en ese sonido había purifcación, alegría y esperanza. Se creía que los silbidos espantaban las enfermedades, el frío y los malos espíritus. Cada figura tenía su propio significado: el oso otorgaba fuerza, la vaca —prosperidad, el pajarillo — paz y armonía en el hogar. Cuanto más alegre y sonoro era el silbido, más abundante sería el año.
Ya en el siglo XIX, Dýmkovo se había convertido en un importante centro de artesanía popular. Aquí nacían los personajes más reconocibles: damas elegantes con amplias faldas y kokóshniks, oficiales, vendedoras, niñeras con niños, músicos y bufones.
Estas figuras no sólo representaban escenas cotidianas, sino que transmitían el ritmo y el carácter de la vida. Las artesanas recreaban verdaderos cuadros de la realidad: una merienda familiar, un mercado bullicioso, una boda alegre.
Se prestaba especial atención a las figuras femeninas —las llamadas “modistas de Dýmkovo”. Con sus largas faldas, delantales de encaje y antiguos tocados o capotas, parecían salir de las páginas de los cuentos rusos.
Журнал "Катрина" №30
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